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- Sociedad
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Ocho horas de espera, ninguna respuesta y una gran decepción con Copa Airlines
Quienes viajamos con frecuencia sabemos que las demoras y cancelaciones forman parte de la actividad aérea. Las condiciones meteorológicas, los problemas operativos o las cuestiones de seguridad pueden alterar cualquier programación y, en la mayoría de los casos, los pasajeros comprendemos que existen situaciones que escapan al control de una aerolínea.
Sin embargo, lo que resulta mucho más difícil de aceptar es la falta de transparencia, la escasa comunicación y la ausencia de asistencia cuando los viajeros quedan atrapados durante horas en un aeropuerto lejos de su destino.
Eso fue exactamente lo que experimenté el pasado 6 de junio durante un vuelo de Copa Airlines entre Panamá y Buenos Aires.
Mi itinerario incluía una conexión en el Aeropuerto Internacional de Tocumen, procedente de San Pedro Sula, Honduras. La escala estaba perfectamente calculada y el vuelo CM346 hacia Buenos Aires debía partir a las 17:40 horas.
Al llegar a Panamá me encontré con una situación inesperada. Las pantallas comenzaron a mostrar reprogramaciones masivas de vuelos hacia Argentina. No era solamente mi vuelo: varios servicios de Copa Airlines con destino a Buenos Aires registraban demoras de muchas horas.
Poco después llegó el correo electrónico de la compañía:
"Le informamos que su vuelo CM346 con destino a la ciudad de Buenos Aires se encuentra demorado debido a condiciones meteorológicas adversas, específicamente niebla que impide un aterrizaje seguro en su destino final."
La nueva salida estaba prevista para las 2 de la madrugada.
En otras palabras, más de ocho horas de espera adicional para cientos de pasajeros.
Lo que vino después fue aún más frustrante.
A pesar de la magnitud de la demora, no hubo compensaciones, vouchers de alimentación, acceso a salas especiales ni ninguna alternativa concreta para quienes debíamos permanecer durante horas en tránsito. Cada pasajero tuvo que resolver por su cuenta cómo pasar la noche en el aeropuerto, afrontando gastos que originalmente no estaban previstos.
La respuesta oficial fue siempre la misma: se trataba de una situación meteorológica ajena al control de la empresa y, por lo tanto, no correspondía ninguna asistencia extraordinaria.
Sin embargo, al llegar finalmente a Buenos Aires cerca de las 11 de la mañana —cuando originalmente debía haber arribado alrededor de las 4— surgieron interrogantes difíciles de ignorar.
La explicación recibida no parecía coincidir con lo ocurrido en la operación aérea durante esa mañana. Otros vuelos internacionales aterrizaron en Ezeiza sin mayores inconvenientes y las condiciones meteorológicas observadas no reflejaban el escenario extremo que se había descrito horas antes.
Todo indica que Copa Airlines pudo haber tomado una decisión preventiva ante la posibilidad de que se repitieran problemas registrados en jornadas anteriores, cuando algunos vuelos debieron ser desviados debido a la niebla.
Si efectivamente esa fue la razón, la pregunta es sencilla: ¿por qué no decirlo claramente?
Los pasajeros merecen información precisa y honesta.
La diferencia entre informar una cancelación o demora por una situación climática efectiva y una reprogramación preventiva es enorme. Sobre todo cuando esa explicación determina si una empresa asume o no algún nivel de asistencia hacia sus clientes.
La experiencia tampoco fue satisfactoria a bordo. Mi asiento presentaba fallas y no permitía reclinarse correctamente. Además, el servicio previsto para un vuelo vespertino terminó transformándose en una oferta limitada debido al cambio de horario.
Nada de esto sería un problema aislado si hubiera existido una actitud orientada a cuidar al pasajero.
Lo más decepcionante no fueron las ocho horas de demora.
Fue la sensación de abandono.
Fue observar a cientos de viajeros buscando respuestas sin encontrarlas.
Fue ver cómo familias, adultos mayores, profesionales con compromisos laborales y pasajeros con conexiones posteriores intentaban reorganizar sus agendas mientras la información llegaba a cuentagotas.
Durante años he utilizado Copa Airlines para múltiples viajes por Centroamérica, el Caribe y Estados Unidos. Precisamente por esa experiencia acumulada esperaba un estándar de servicio más alto.
Hoy la competencia en la industria aérea es enorme. Aerolíneas como American Airlines, United, Delta o LATAM han elevado significativamente sus niveles de atención al cliente. Los pasajeros ya no evalúan únicamente la puntualidad o el precio del pasaje; también valoran la transparencia, la comunicación y la capacidad de respuesta cuando las cosas salen mal.
Porque los problemas pueden ocurrir.
Lo que marca la diferencia es cómo una compañía decide enfrentarlos.
Resulta llamativo que en la revista de a bordo Panorama se dediquen espacios a explicar los derechos y obligaciones de los pasajeros, mientras que en una situación como la vivida por cientos de viajeros en Tocumen esos principios parecieron quedar en segundo plano.
La seguridad operacional siempre debe ser la prioridad. Nadie discute eso.
Pero la verdad también debería ser una prioridad.
Y cuando cientos de pasajeros pasan una noche entera esperando explicaciones que nunca llegan de manera satisfactoria, la confianza en una marca comienza inevitablemente a deteriorarse.
Después de esta experiencia, la principal reflexión no tiene que ver con la demora.
Tiene que ver con algo mucho más importante: la relación de confianza entre una aerolínea y sus pasajeros.
Y esa confianza, una vez perdida, es mucho más difícil de recuperar que cualquier vuelo retrasado.