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Europa trata de dejar atrás la pandemia aunque todavía falta mucho

  • Nuestro corresponsal en Italia cruzó la frontera y visitó varias ciudades de Francia para compartir su experiencia. Foto: Pablo Munini
    Las personas en Marsella no tienen el riguroso celo de llevar el barbijo en todo momento como en Italia Nuestro corresponsal en Italia cruzó la frontera y visitó varias ciudades de Francia para compartir su experiencia. Foto: Pablo Munini
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Por Pablo Munini @pablomunini
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Nuestro corresponsal en Italia cruzó la frontera y visitó varias ciudades de Francia para compartir su experiencia. Pablo Munini dice: Centenares de personas beben una copa, tal vez del muy conocido vino local, y dialogan con sus amigos en los bares y restaurantes con la mayor tranquilidad. No hay mesa libre para sentarse ni espacio de “distanciamiento” entre las ocupadas. Los franceses aman la “libertad“ y el “savoir vivre” ( saber vivir), no pueden por lo tanto renunciar a los hermosos y largos días del verano.

Cruzar la frontera luego de varios meses de “confinamiento” se presentaba casi como una aventura.

En la zona Schengen de Europa, los límites se confunden y si no fuera por el cambio del idioma en los carteles de la autopista, el paso de un país a otro no se hubiese notado de ningún modo.
El punto de partida es Milán, en Italia. 

La Ciudad francesa de Marsella es la primera etapa de mi viaje y muy rapidamente al entrar en la ciudad tomo conciencia de haber atraversado otra frontera, la frontera “Covid”.

Las personas no tienen el riguroso celo de llevar el barbijo en todo momento como en Italia, donde inclusive cuando circulan solas, en el automóvil, en la calle o las plazas desiertas, también lo hacen.
 
En los bares del “ Vieux Port“ muchos jóvenes  conversan distendidos sin respetar el “distanciamento social “ y saludan al ver un objetivo fotográfico. No usan el barbijo y prefieren pensar que es verano y que son seres humanos privilegiados al poder vivir en una de las regiones más bellas de Francia y del mundo.

Marsella es la sede del controvertido Didier Raoult, llamado el "pescador de microbios “, especialista en enfermedades infecciosas, director del Instituto “Hospitalo-Universitaire Méditerranée  infection” , quien en marzo había dicho de combatir al Covid 19 con la cloroquina, molėcula utilizada contra la malaria.

Raoult, con su look muy particular de cabellos rubios y largos ha estado comunicándose directamente con el público a través de videos publicados en Twitter y desde el mes de abril había expresado que la epidemia terminaría en breve tiempo.

En la puerta del hotel todo parece cambiar. Un cartel en modo muy gráfico , exponiendo un rostro enmascarado recita el siguiente texto “Ici , le masque est obligatoire “ (Aquí el barbijo es obligatorio).

Las autoridades francesas temen la “ deuxième vague “ ( segunda ola ). Desde el lunes pasado, 20 de julio, rige la obligación emanada por una disposición de orden nacional que obliga al uso de barbijo en lugares cerrados, siendo la multa por su incumplimiento de 135 euros. 

La cifra actual de 1,000 casos diarios de contagio, comparable a la alcanzada el 16 de marzo cuando el confinamiento entró en vigencia ha hecho sonar la campana de alarma a las autoridades sanitarias. Es importante sin embargo considerar que la cantidad de test que se hacen en este momento es muy superior a la de aquellos días.

El porcentaje de tests “positivos” ha aumentado en forma muy leve, en un porcentaje de 1.2%,contra 1.1% de la semana pasada. 

La epidemióloga Sibylle Bernard-Stoecklin que trabaja para el organismo estatal “ Santé France” expresa su preocupación porque todos los grupos de edad se encuentran afectados. 

“En las últimas semanas, el aumento en el número de casos ha afectado principalmente al grupo de edad de 15 a 44 años. Las personas mayores de 75 años, que tienen mayor riesgo de desarrollar formas graves, ahora también se ven afectadas con un aumento del 24% en una semana. Estas nuevas contaminaciones están especialmente relacionadas con las reuniones familiares, señal de una disminución a la atención a los “gestes barrières”(gestos de barrera) y al distanciamiento social ".

Desde hoy, los viajeros provenientes de 16 países donde la circulación del coronavirus es muy alta deberán realizar un “test“ cuando descienden del avión en el país galo.

En Francia por lo tanto en la calle y en los espacios abiertos no existe obligación de llevar la máscara  y es posible circular sin protección alguna.

En el último piso de hotel en el que me alojé, un bar abierto con vista panorámica sobre el “ Vieux Port “ y la iglesia de “ Notre Dame de la Garde “ reúne también a un número importante de jóvenes que bailan y cantan hasta la medianoche sin respetar ninguno de ellos las normas de protección contra el virus , pero que sin embargo al salir del local, mágicamente hacen aparecer de algún lugar una “máscara” para transitar en el ascensor y en los espacios cerrados de la estructura. 
“Estamos cansados del Covid 19, es ya el pasado y en Marsella nos gusta vivir la vida" , me comenta el circunstancial compañero que desciende junto a mí en el ascensor.

La nueva medida en vigencia desde el lunes pasado es también curiosa. En los cines, para desplazarse en el interior y las zonas comunes la máscara es obligatoria, pero no lo es cuando cada uno esta sentado asistiendo a la proyección del film.

Toulouse, mi segunda etapa, es uno de los epicentros de la aeronáutica europea, sede de la empresa Airbus, muy afectada por la crisis del coronavirus como todo su sector. El gran movimiento de personas en las calles parece ser el de los tiempos normales y en un día de calor excesivo nadie luce el barbijo.
Sobre las márgenes del rio Garona, el espectáculo del sol que muere en el horizonte detrás del puente “Saint Pierre “ reúne a un número importante de familias que hacen pic nic , amigos que se encuentran y cantan alrededor de una guitarra o parejas que se besan en un lugar ideal para enamorarse. La belleza de las escenografía tal vez hace olvidar a practicamente todos las necesarias medidas de protección y de distanciamiento social.

Mi viaje concluye en Bordeaux, la llamada "perla de Aquitania", que en el 2007 fue reconocida como Patrimonio Mundial de la Humanidad por la Unesco por el conjunto urbano excepcional que representa. 
Una de sus obras arquitectónicas , la basílica de “Saint Michel “ tiene una campanario gótico autónomo de 114 metros de altura, el más alto del sur de Francia . Al bajar los ojos sobre la plaza en la que se encuentra ubicado , pienso que la vista tan elevada me ha alucinado y he vuelto al pasado. Centenares de personas beben una copa, tal vez del muy conocido vino local, y dialogan con sus amigos en los bares y restaurantes con la mayor tranquilidad. No hay mesa libre para sentarse ni espacio de “distanciamiento” entre las ocupadas.

Llega la noche y en el famoso “ Miroir d’eau “, piscina reflectante que duplica simétricamente los edificios de la plaza de la Bolsa, los niños corren y se mojan, mientras los turistas se aglomeran para inmortalizar un recuerdo.

Los franceses aman la “libertad“ y el “savoir vivre” ( saber vivir), no pueden por lo tanto renunciar a los hermosos y largos días del verano. Han decidido de este modo afrontar esta etapa de la crisis sanitaria con sabiduría. 

La actividad económica por su parte parece estar retomando el paso de una recuperación que brinda positivas esperanzas.