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El terror, el relato corto, las redes sociales y Martín Troncoso
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¿Qué habría pasado si Lovecraft o Poe se tendrían que haber adaptado a la cultura de las redes sociales. Textos cortos y efectivos para incitar al miedo o desarrollar un relato fantástico? Ni hablar de Stephen King con sus libros que se miden por kilo y usan docenas de páginas para describir un momento breve. La respuesta parece tenerla el escritor argentino Martín Troncoso.
Luego de obtener el primer premio en el clásico Festival de Terror de Sants con su micro relato “Duérmete niño”, ha comenzado a desperdigar relatos por las redes sociales historias de terror que no superan las trescientas palabras. En algunas ocasiones muchísimas menos. Los likes y seguidores comenzaron a aparecer en sitios deseñados para no pensar demasiado. Troncoso concuerda parcialmente con esta postura y sostiene que a pesar de la ligereza de Instagram, Tik Tok o X, la cuestión es ofrecer alternativas diferentes y encontrar el nicho que se interese por temas que no tienen que ser trend topic.
“El género terror está de moda y no es para menos. Vivimos en una sociedad distópica. Hay algo nuevo en el horizonte y no es muy alentador. La ciencia ficción esta cada vez más cerca de las ciencias duras. Combinemos estos factores con una sociedad aletargada que busca emociones a cualquier precio y las historias de horror, históricamente despreciadas, adquieren un nuevo valor y cotizan más alto”, dice el autor. Parece tener razón, en la última entrega de los Oscar tres de las nominadas pertenecían al género y las plataformas televisivas dan más espacio a las series inquietantes que a los dramas o películas románticas.
Asustar con una alta economía de palabras no es sencillo. Los climas requieren espacios y reducirlos al máximo evitando la saturación de adjetivos parece casi imposible. A veces los cuentos son tan breves, no más de dos o tres renglones, que parecen citas bibliográficas pero no lo son. El licenciado Troncoso nos da una pista: “Tiene una estructura similar a un chiste que, en vez de hacernos reír, nos lleva a otros rincones más oscuros de la mente.
Entonces la pregunta obvia es: ¿por qué el terror? Pagamos o utilizamos nuestro tiempo para pasarla mal. ¿Hay algo de divertido en eso? El especialista nos explica la mecánica: “El miedo es la más atávica de todas nuestras sensaciones. No tiene por qué ser malo. Nos avisa sobre algún peligro y corremos a guarecernos o enfrentarlo con altas dosis de adrenalina. Eso pasa en la naturaleza. En las sociedades actuales las amenazas aumentaron. Ahora no nos asusta una bestia, sino nuestros pares o un poder que nos desborda. Los avances tecnológicos que apenas entendemos son un territorio fértil para asustarnos”.
La mecánica del género tiene sus trucos. Un libro o un filme de terror, operan como en un laboratorio, un ambiente controlado. La sangre en la pantalla no salpica las butacas. El autor que muere, luego aparece en otra producción, las desventuras del protagonista no nos ocurren a nosotros, que las disfrutamos o sufrimos cómodamente en familia y sentados en un sillón. Luego de un par de horas volvemos a la realidad y el monstruo es tan solo un recuerdo. En definitiva, se trata de una simulación. Por eso nos resulta tan inquietante saber que la historia está “basada en hechos reales”, Generalmente adaptaciones libres y con muchas licencias creativas. Demasiadas.
“Aún el monstruo y la fábula más abominable no superan los horrores cotidianos. El temor a tener cáncer es infinitamente mayor a la saga más truculenta. Aparte el terror tiene mucho de consuelo. Las historias del más allá parten del presupuesto de la vida después de la muerte. Lo religioso y las historias de horror tienen mucho en común. A veces, cuando me dicen que no leyeron nada de terror, pregunto si conocen las historias del Nuevo Testamento, con eso es suficiente. Y aclaro que soy creyente, La idea de un mundo más fantástico que el cotidiano es atractiva y, aunque esto abarque toda la literatura, la gente quiere vivir cosas que no ocurren en la vida real. Nuestra existencia es acotada y llenarnos de narraciones nos permite que sentir que somos muchos y en distintas situaciones”.
Aquí Troncoso da en el clavo una vez más. Los autores del género son terriblemente moralistas y dejan la anarquía y el descalabro para sus personajes. En los filmes, los jóvenes libertinos y amantes de los excesos son los primeros en morir. En la literatura, los que están condenados a sufrir son aquellos que quieren desafiar las leyes de Dios o de la naturaleza. Frankenstein y Drácula son seres condenados y su inmortalidad no es un don, sino una tragedia.
Los micro relatos de terror son una estilística novedosa. Siempre existieron historias cortas estremecedoras, como las de Horacio Quiroga y cuando a Hemingway lo pusieron a prueba demostrando su capacidad narrativa en una sola frase escribió: “Vendo cuna de bebé sin usar”. El lector asumía las nefastas consecuencias.
Troncoso es argentino y ha hecho una interesante mitología con Buenos Aires como centro de sucesos inefables. Vale la pena leer esas historias breves, que en ocasiones son aforismos y disfrutar el placer de un buen susto, con pocas palabras y sin insumir mucho tiempo. Es fácil encontrarlo en las redes sociales y ha compilado sus más de setenta premios y publicaciones internacionales en el blog: martintroncoso.wordpress.com y a los que aman las páginas impresas, su libro publicado en España “Historias de vida precedidas de muerte” (2023), es un buen boleto al terror local, terreno poco explorado pero con excelentes exponentes nacionales e iberoamericanos.
Porque lo breve si bueno… más terrorífico aún.