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"Y salimos de nuevo a ver las estrellas…"
Italia habló —y lo hizo alto y claro—. El referéndum sobre la separación de las carreras judiciales entre jueces y fiscales, presentado como una “cuestión técnica”, se convirtió en un plebiscito político de primer orden.
El resultado no deja lugar a dudas: el No se impuso con el 53,7% de los votos frente al 46,3% del Sí, en una jornada marcada por una movilización histórica.
Nadie lo anticipó. Ni encuestas ni analistas previeron una participación del 59%, nueve puntos por encima de las últimas elecciones europeas. Las grandes ciudades lideraron la afluencia: Florencia y Bolonia superaron el 70%, Milán alcanzó el 66%. Italia acudió en masa a las urnas, impulsada por una conciencia cívica que desbordó cualquier previsión.
Fueron los jóvenes, especialmente los votantes entre 18 y 34 años, quienes inclinaron decisivamente la balanza. Más del 60% de ellos votó No, erigiéndose en guardianes de la Constitución italiana. Su voto no solo rechazó una reforma, sino que defendió un principio: la separación de poderes como pilar irrenunciable del Estado de derecho.
Detrás de una reforma presentada como técnica se percibía una ambición política más profunda: someter el poder judicial a la órbita del Ejecutivo. La frase reiterada por la primera ministra, Giorgia Meloni — "si los jueces quieren gobernar, que funden un partido" —, resonó durante toda la campaña. Pero los ciudadanos entendieron lo que estaba en juego.
Italia respondió con lo que muchos han definido como sus “anticuerpos democráticos”. Una prudencia arraigada, una desconfianza sana hacia el exceso de poder, se activó en todo el país. Desde el norte industrial hasta el sur mediterráneo, el mensaje fue unívoco: no a cualquier deriva autoritaria.
La derrota es personal y política para Meloni. La reforma ha sido rechazada por casi dos millones de votos de diferencia. La Constitución permanece intacta. Y la líder, que hasta hace poco parecía indiscutible, sale debilitada de esta apuesta.
En Palermo, donde el No rozó el 70% en una isla tradicionalmente inclinada a la derecha, cientos de ciudadanos se congregaron en la plaza Politeama convocados por un verso de Dante Alighieri: "Y salimos de nuevo a ver las estrellas". La imagen se repitió en toda Italia, de la Piazza del Duomo de Milán a las calles de Nápoles, de Pescara a Brindisi. Fue una movilización espontánea, transversal, profundamente simbólica.
El resultado trasciende la reforma. Es un voto de opinión general, un rechazo tanto al contenido como a la campaña del Gobierno. La derecha de Meloni, que ya no contaba con mayoría social hace cuatro años, cuando el destino le concedió la suerte de ser primera ministra, tampoco la tiene hoy. Entonces fueron las divisiones de la oposición las que le abrieron el camino al poder; ahora, la ciudadanía ha marcado un límite.
El equilibrio político ha cambiado. La coalición gubernamental conserva su mayoría parlamentaria, pero el referéndum ha evidenciado que esa mayoría no se reproduce automáticamente en el país. El vínculo entre Meloni y su electorado ha quedado, como mínimo, dañado.
Matteo Renzi, que dimitió en 2016 tras perder su propio referéndum, lo expresó con crudeza: "Cuando un líder pierde su toque mágico, todos empiezan a dudar de él. Y hay algo que no puede hacer: fingir que todo sigue igual".
No se vislumbra una dimisión inmediata. Se abre, más bien, un escenario de erosión progresiva de la autoridad y de crecientes tensiones internas en la coalición de centroderecha, que podrían relegar a Giorgia Meloni a un papel cada vez más simbólico, al frente de un Ejecutivo cercado por una crisis social y económica de gran envergadura.
El Gobierno no cae, pero sus cimientos han comenzado a resquebrajarse. Y esta vez, el temblor ha llegado desde la voz multitudinaria de las urnas: una jornada que ya se inscribe, con pleno derecho, en la historia política de Italia.