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Las lágrimas de Messi: cuando una derrota también puede cambiar la historia

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    Las lágrimas de Messi: cuando una derrota también puede cambiar la historia.
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Autor/es:
Por Pablo Munini @pablomunini
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Esta fotografía no es mía. Sin embargo, es la imagen que siempre soñé capturar.

En ella aparece Lionel Messi con una medalla de plata sobre el pecho. Acaba de disputar otra final de una Copa del Mundo. Mientras miles de argentinos lo ovacionan desde las tribunas, él llora desconsoladamente.

¿Cómo se explica una escena así?

Porque Messi pertenece a esa extraña categoría de seres humanos que no entienden el segundo lugar. No por soberbia, ni por vanidad. Tampoco por obsesión con la gloria. Lo suyo es algo mucho más profundo: una pasión absoluta por ganar, una responsabilidad casi sagrada hacia el país que lo vio nacer. En su interior conviven el competidor insaciable y el hombre que siente que siempre le debe algo a su gente.

En Match Point, la extraordinaria película de Woody Allen, una pelota de tenis golpea la red y permanece suspendida en el aire durante una fracción de segundo. De qué lado caiga dependerá el destino del partido: si cae del lado del rival, habrá victoria; si cae del propio, derrota.

Esa escena resume una gran verdad de la vida. No todo está gobernado por el talento, el mérito o las decisiones correctas. Existe también el azar, esa fuerza invisible que, en un instante, cambia el destino de una persona o de un país entero.

Así ocurrió en esta final. El gol de España en la prórroga pudo haber salido apenas unos centímetros por encima del travesaño. Giuliano Simeone o Senesi pudieron haber encontrado el empate. Entonces el partido habría llegado a los penales, con Emiliano "Dibu" Martínez defendiendo el arco argentino, un arquero capaz de convertir una definición desde los doce pasos en una batalla psicológica.

La historia pudo haber sido distinta.

Pero la historia no se escribe con hipótesis.

Como aquella pelota suspendida sobre la red en la película de Woody Allen, el destino eligió un lado.

Rudyard Kipling escribió una frase que atraviesa el tiempo:

"Al éxito y al fracaso, a esos dos impostores, trátalos siempre con la misma indiferencia. No son más que sombras momentáneas del camino, disfraces de la misma ilusión. Lo que importa es cómo caminas, no lo que te aplaude o te derriba."

Quizá nunca haya existido una definición más precisa de lo que representa Lionel Messi.

Argentina disputó siete finales de la Copa del Mundo. Solo Alemania ha jugado más, con ocho; Brasil también alcanzó siete e Italia seis. Ninguna otra selección posee una historia semejante.

Entre 2014 y 2026, en apenas cuatro Mundiales, Argentina jugó tres finales y conquistó un título. Ninguna generación puede considerarse derrotada después de semejante recorrido.

Por eso las lágrimas de Messi no representan un fracaso.

Representan el final de un camino que durante más de una década pareció infinito.

Tal vez Lionel lloraba porque intuía que una etapa estaba llegando a su fin. No pensaba únicamente en sí mismo. Pensaba, con la humildad que siempre lo caracterizó, en el futuro de la selección argentina y en el lugar que su país ocuparía después de él.

Sin embargo, quienes observamos más allá del resultado sabemos que la historia no termina aquí.

El ciclo construido por Messi, Scaloni y una generación irrepetible transformó definitivamente al fútbol argentino. Mario Kempes primero y Diego Maradona después fueron los cimientos de nuestra identidad futbolística. Messi ha elevado esa herencia hasta convertir a Argentina en una potencia permanente, una integrante indiscutible de la élite del fútbol mundial.

Pero el fenómeno Messi trasciende el deporte.

Maradona, en México 1986, simbolizó la rebeldía. Su historia estuvo marcada por el desafío permanente al poder establecido. Fue amado y odiado con la misma intensidad; un ícono capaz de dividir al mundo mientras todos, incluso sus críticos, terminaban inclinándose ante su talento.

Messi representa exactamente lo contrario.

Su revolución nunca fue el enfrentamiento, sino el ejemplo.

Después de esta final he leído periódicos de distintos países. En muchos aparecen críticas, ironías o comentarios cargados de envidia hacia un deportista que, gane o pierda, ya pertenece para siempre a la historia del deporte más popular del planeta.

Pero lo verdaderamente importante no es lo que escriban en Italia, Francia, Inglaterra o España.

Lo importante es la herencia que Lionel Messi deja en Argentina.

Messi marca un punto de inflexión en nuestra historia deportiva y también en nuestra historia social.

La resiliencia, la perseverancia, la capacidad de levantarse una y otra vez, tienen el rostro de un niño nacido en Rosario. Un chico de barrio que, con apenas trece años, dejó su ciudad para perseguir un sueño al otro lado del océano. Que soportó sacrificios, nostalgias y una presión inmensa hasta convertirse en el mejor futbolista del mundo.

Y, sin embargo, nunca dejó de hablar como un rosarino.

Nunca perdió la sencillez.

Después de haber conquistado todos los títulos posibles, volvió a prepararse para este Mundial como si aún no hubiera demostrado nada. Se preparó en silencio con la misma humildad del adolescente que un día abandonó su barrio en Rosario para buscar un futuro.

Ese es el verdadero legado de Messi.

Nos enseñó que la grandeza no nace del talento únicamente. Nace del sacrificio silencioso, de la disciplina, de la humildad y de la capacidad de seguir adelante, aún, cuando todo parece perdido y eres el número uno del mundo.

Por eso Messi llegó al corazón de cada argentino. No solo por sus goles, por sus asistencias o por su magia.

Sobre todo por la forma en que cada día y desde niño afronta el camino.

Si alguna vez lo admiramos por sus triunfos, esas lágrimas silenciosas al terminar la final harán que lo amemos todavía más.

Porque, al fin y al cabo, los héroes no se definen únicamente por las victorias.

También por la dignidad con la que aceptan las derrotas, que derrotas por lo que he escrito en realidad no son.

Siempre pensé que jamás comprendería la pasión por el fútbol.

Hasta que un día en mi vida, como en la de todos nosotros, apareció Lionel Messi.

Entonces comprendí que, a veces, un deportista deja de pertenecer a los límites de un estadio para convertirse en algo mucho más grande: en el espejo donde un pueblo entero vuelve a reconocerse, en la esperanza de quienes alguna vez dudaron, en la certeza de que la verdadera grandeza puede nacer del silencio, de la humildad y del sacrificio cotidiano.

Hay hombres que conquistan títulos. Hay otros que conquistan el tiempo.

Tú, Lionel Messi, conquistaste ambas cosas.