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- Colombia
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- Política
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- Opinión
Abelardo de la Espriella gana la presidencia: un país dividido y grandes desafíos por delante
La elección presidencial de junio de 2026 quedará inscrita en la historia política de Colombia como el momento en que un país dividido casi en partes iguales decidió redefinir su rumbo. El triunfo de Abelardo de la Espriella en segunda vuelta —con una diferencia que apenas superó el 1 % en el preconteo frente a Iván Cepeda— no representa un mandato contundente, sino un mensaje inequívoco: la ciudadanía exige cambios, pero también exige resultados y responsabilidad.
El nuevo presidente llega al poder con un país polarizado y expectante. Su primer desafío será abandonar la retórica del candidato disruptivo para asumir la voz del estadista capaz de construir consensos. Su lema de la “patria milagro” movilizó a amplios sectores en Antioquia, Santander y Cundinamarca, pero la realidad es menos épica: los milagros económicos no se proclaman desde un balcón; se negocian en el Congreso, se diseñan en el Ministerio de Hacienda y se ejecutan con disciplina institucional.
De la Espriella propone reactivar el sector de hidrocarburos, reducir el tamaño del Estado y ofrecer estímulos fiscales a la inversión privada. Estas ideas generan entusiasmo en los gremios productivos y en los mercados internacionales. Sin embargo, para desmontar o reformar los proyectos de la administración saliente necesitará mayorías que hoy no tiene. Su capacidad para tejer coaliciones —apoyado en la experiencia técnica de su vicepresidente, José Manuel Restrepo— será determinante para evitar que el país entre en un ciclo de bloqueo legislativo.
La seguridad, por su parte, fue el eje de su ascenso electoral. El deterioro del orden público y la frustración con los avances de paz del gobierno anterior impulsaron a un electorado independiente que buscaba respuestas más contundentes. De la Espriella ha prometido un combate frontal al crimen organizado, una postura que encuentra eco en la nueva administración en Washington. Pero ese enfoque también reavivará tensiones con los sectores que defienden las salidas negociadas al conflicto. El reto será recuperar el control territorial sin profundizar la fractura social que ya dejó la campaña.
A ello se suma un país dividido geográficamente: mientras el centro y el norte respaldaron el cambio de rumbo, Bogotá, el Pacífico y el sur se mantuvieron fieles al proyecto de izquierda. Gobernar un país partido en dos mitades exige pragmatismo, moderación y una comprensión fina de las sensibilidades regionales.
Abelardo de la Espriella ganó la presidencia, pero la gobernabilidad es una batalla distinta, más compleja y menos predecible. Si quiere que su proyecto de país sea viable, deberá demostrar que el “tigre” que rugía en la plaza pública puede transformarse en un presidente capaz de ejercer el poder con templanza, inclusión y respeto institucional. La reconstrucción de la confianza ciudadana será su tarea más urgente y, probablemente, la más difícil.