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Mis crónicas de Madrid: los comedores sociales

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Los 26 comedores sociales son manejados por voluntarios y que ofrecen dos comidas al día, un desayuno y un bocadillo de tarde con yogurt y fruta. Por la mañana hay 5 turnos, entre las 9 y las 11, cada uno de ellos tiene un máximo de 70 personas

Eran las 17 horas en la ciudad de Madrid y yo me dirigía a la estación de metro Gran Vía. Caminando por la calle Doctor Cortezo vi una fila de unas 25 o 30 personas que aguardaban en la puerta de un lugar. Quise ver qué era. Estaban esperando un turno para ingresar al comedor social Ave María y recibir su bocadillo de las 19 horas.

Dicha situación se puede ver en los 26 comedores que existen actualmente en la ciudad de Madrid. Espacios que son manejados por voluntarios y que ofrecen dos comidas al día, un desayuno y un bocadillo de tarde con yogurt y fruta. Por la mañana hay 5 turnos, entre las 9 y las 11, cada uno de ellos tiene un máximo de 70 personas. Y por las tardes, un único turno a las 19 horas, cuyos números para ingresar se entregan en el lugar media hora antes.

Seguramente cada uno de los que estaba en esa fila tenía una historia interesante para ser contada. En general, están los que deciden compartirla y los que no. En este caso me centré en la historia de Manuel que como todos, sentado en un rincón, esperaba su turno.

Me miraba como queriendo saber qué era lo que estaba haciendo ahí. Cuando me acerqué a preguntarle sobre él, sin problema me invitó a sentarme a su lado.

Manuel tiene 55 años y desde el 2009 que recurre diariamente a los comedores sociales. Supo ser un importante directivo de una empresa gastronómica y trabajar como chef durante casi 30 años en diferentes restaurantes. Viajó por distintos países dedicándose a lo suyo, y el último lugar donde pudo hacerlo fue en Chile, desde donde tuvo que regresar a Madrid por cuestiones familiares en el 2009.

“Cuando regresé tenía algunos ahorros de lo ganado en Chile, pero no conseguí trabajo y estuve tres años durmiendo en la calle, tres años durmiendo en Plaza Mayor”, me contaba Manuel. Cuando volvió encontró el país inmerso en una profunda crisis. “Me encontré un país lleno de bastones, la gente más envejecida”. “Fue un impacto fuerte, el paro era muy alto”.

Ya no duerme en la calle, se la rebusca montándose cada día un traje de muñeco y entreteniendo a los turistas en la puerta del Sol, punto central de la ciudad madrileña. Y así puede ganar entre 15 y 20 euros por día.

Sin embargo no pierde las esperanzas de poder volver a dedicarse a lo suyo y desde su regreso hasta el día de hoy envía unos 60 curriculum diarios. A pesar de sus años de experiencia como chef y su Licenciatura en Arte Dramático, no consigue un puesto de trabajo. “No me suena el teléfono ni por equivocación”, bromea.