Región:
Europa
Categoría:
Deportes
Article type:
Opinión

Sinfonía del Barça y concierto de pitos para el Real Madrid

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Autor/es:
Por Gabriel Lugones
Fecha de publicación:
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El equipo de Luis Enrique degradó 4 a 0 al equipo blanco, muy vulgar en su juego, hasta el ridículo en el  Bernabéu y provocó gritos de “Florentino, dimisión”

Luis Enrique confesó que últimamente duerme como los ángeles. Hoy volverá a hacerlo, a pierna suelta. Su Barça ha escrito otro capítulo brillante y espectacular en la historia de los Clásicos. Como aquel 0-3 de Ronaldinho o como aquel 2-6 de Messi. No es fácil jugarle al Madrid en su estadio y menos degradarle hasta la burla y el ridículo, pero volvió a hacerlo. La pelota siempre da la razón al mejor y penaliza las malas artes de los jugadores. Un festival goleador que hunde a los blancos, le aleja seis puntos, estruja a Benítez, muy cuestionado y sin crédito, y pone en la picote por primera vez y de forma sonora a Florentino Pérez.

Semanas cavilando un once con y sin lesionados y a Luis Enrique le dio por todo lo contrario a las sospechas generalizadas. Messi en el banquillo, Rakitic en el once y Sergi Roberto como falso extremo. Vestido de líder, no hacía falta forzar a Leo. El mismo molde utilizado durante su ausencia e igual juego imperecedero, sin economizar esfuerzos, presionando desde el primer minuto. El Real Madrid, en cambio, sí apostó por la BBC de entrada y fue un desastre. Benzema por un Casemiro hasta ahora señalado como el equilibrio blanco, más CR7 y Bale. Un equipo preparado para morder, como los capitanes le habían exigido en una supuesta reunión, y que acabó silbado.

El Barça tuvo de todo desde el inicio. Cautivador y estilista en el juego, pausa en la cabeza y sabiduría para marcar. No le costó o filtrar el balón entre la espesura táctica blanca ni tampoco desprecintar el marcador. Fue a los diez minutos, después de otra tanda de toque y toque, Sergi Roberto metió un pase interior a Luis Suárez, que pinchó el balón para marcar. El marcador de cara y el Madrid en contra de sí mismo. Había que frotarse los ojos para comprender el guion del partido.

El fútbol gravitaba en torno a Iniesta, con el resto de jugadores desplegándose como una manada. A la defensa blanca le tiritaban las piernas. No sabía qué hacer y nadie le ayudaba. Los pitos fueron aumentando, mientras el Barça hilvanaba otro paseo. Media hora después, Luis Suárez robó otro balón, para que Iniesta habilitara a Neymar que marcó por debajo de las piernas de Keylor. Los silbidos aumentaron. Pudo caer el tercero pero el remate del uruguayo a pase de Ney lo sacó Marcelo en la boca de gol. Daba igual. El coliseo blanco había dictado sentencia.

Fue un Madrid vulgar, deshilachado, alejado de un fútbol con criterio. Muy desmejorado y envejecido. Más un buscavidas desesperado con mono de gol que un equipo de marca. Una actitud soporífera, un juego inconexo, sin capacidad para cocinar ocasiones que encrespó al público. Los pitos a Piqué se trasladaron a sus propios jugadores. El run run fue creciendo hasta su explosión final. El 0-2 del descanso provocó una pañolada espectacular y los gritos de “Florentino dimisión”.

La reanudación parecía que el Madrid iba a poner un punto de amor propio, que quería remendar su desestructurada fisonomía. Y lo probó durante un puñado de minutos, tiempo para que Marcelo chutara sin criterio y James con más acierto. Pero todo fue un espejismo. El Madrid se deshizo aún más e Iniesta, como hace dos años, le taladró. Un cañonazo desde la frontal que se incrustó por la escuadra. Era el 0-3 y los pañuelos y los pitos volvieron a aparecer. La sinfonía continuaba.

A cristiano no le salía nada y se enfurruñó incapaz de invertir la trama. Más aún cuando vio a Messi pidiendo entrar en el campo. Fue su rendición y la de un Madrid que no sabía cómo parar el vendaval azulgrana. El festival podía continuar. Sus aficionados se conformaban con muy poco, mientras que los culés soñaban con otra goleada. Con Leo era más que posible. El baile de toque y posesión continuó. Messi hacía más que CR7, que gozó su ocasión pero Bravo le birló la honra.

Angustiado, el Madrid se desplomó, enseñando la bandera blanca. Su objetivo, a partir de entonces, era minimizar el ridículo. No pudieron por el recital ofensiva y por un Bravo inconmensurable. Cayó el cuarto, obra de Luis Suárez. Tras una pared con Alba. El Barça quería más. Se ha acostumbrado al dígito cinco y quería la manita. Pudo haberla si se hubiera pitado un penalti de Ramos sobre el uruguayo. Daba igual. El himno tapó la pitada pero no la pañolada.