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Enfoques

A 25 años de la hazaña: Sabatini, campeona del US Open

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Autor/es:
Por Gabriel Lugones
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El 8 de septiembre de 1990, la mejor tenista argentina de todos los tiempos venció a Steffi Graff y se consagró en el Grand Slam

Imposible olvidar. Aquel sábado 8 de septiembre de 1990, las calles argentas estaban vacías. No importa si uno buscara en pleno centro porteño o en el pueblo más recóndito del país, no había chance de cruzarse con persona alguna. La culpable de ello era una mujer. Bien lejos, en Estados Unidos, en el estadio Louis Armstrong de Flushing Meadows, una joven Gabriela Sabatini escribía una de las páginas más prolíficas del deporte nacional. Aquella tarde, la tenista argentina mostró y demostró que era capaz de conseguir cualquier cosa que se propusiese, lo que sea. Y lo que fue a buscar era un trofeo, un reconocimiento. En frente, del otro lado de la red, la máquina alemana: Steffi Graf.

Un drive de derecha a la punta de la cancha donde se encontraba la alemana bastó para sellar la victoria en la final del US Open. Inmediatamente, lágrimas. No sólo de Gaby, sino de todo un país que copó esas calles vacías con alegría y, por sobre todas las cosas, orgullo.

Hoy, a 25 años de aquella inolvidable victoria, la tenista argentina más valiosa pasó a tener un lugar privilegiado junto a grandes nombres del tenis nacional al lograr un Grand Slam en singles como Guillermo Vilas, y al postre, Gastón Gaudio y Juan Martín del Potro.

Cuando Gaby llegó a su primera final de ese nivel –el US Open de esa misma temporada- Graf se interpuso en su camino, lo mismo que en Seúl. Y la alemana volvió a frenarla un año después, aunque en semifinales. Sabatini seguía amenazante, acumulaba títulos y victorias, pero le faltaba el último toque en un Slam. Y justamente 1990 no parecía su mejor temporada, no se sentía tan segura y atravesaba por algunos cambios: el brasileño Carlos Kirmayr reemplazó al español Angel Giménez en su conducción técnica.

Sin embargo, los planetas se alinearon para el Abierto estadounidense. Y una señal de optimismo fue su producción en semifinales, cuando se quitó de encima a una de sus rivales más molestas y que tantas veces le había amargado, Mary-Joe Fernández: 7-5, 5-7 y 6-3. Graf, por su parte, también arrastraba algunos problemas personales por esos meses, cuando trascendieron las andanzas de su padre y manager, Peter. Había ganado el Abierto de Australia, pero resignó las coronas de Roland Garros (por la aparición de otra chica prodigio, Mónica Seles) y Wimbledon (recuperada por Navratilova). Quería cerrar el año en la cumbre y llevaba más de 160 semanas como la número 1 del ránking. En la semifinal de Flushing Meadows no le concedió ninguna opción a otra de las protagonistas de la época, la española Arantxa Sánchez: 6-1 y 6-2.

El arranque de la final –disputada ante un estadio colmado, 20.826 espectadores- fue para sorpresa: una Sabatini agresiva, con una actitud de ataque que rara vez exhibía ante la Graf intimidante de siempre. De hecho, la alemana le había ganado en 18 de sus 21 choques anteriores, que incluían aquella final del Open y rondas decisivas en todos de las citas de Grand Slam.

“Soñé que esta vez podía conseguirlo, luché para eso. Sabía que podía ganarle, que debía atacarle. No era una revancha contra nada ni nadie, sino que yo hice mi propio camino en el tenis”, comentaría Sabatini después.

En las pocas semanas que llevaba trabajando con Kirmayr, Gaby mantenía la calidad de sus tiros y la elegancia de su juego –todo lo que la había convertido en una tenista carismática- pero le agregaba aquella decisión de ataque continuo, algo que pudo mantener durante las temporadas en las que se mantuvo activa.

Después de sorprender a la alemana en el primer set, ésta reaccionó en el segundo. Al menos, lo hizo más equilibrado. Sin embargo, Gaby le quebró para ubicarse 5-4 con su servicio. Se palpitaba la consagración. No se dio allí, ya que Graf le quebró y obligó a un tie-break posterior, donde se adelantó 3-1. Fue su última reacción. Todo el resto del juego le correspondió a la Sabatini decisiva, la Sabatini que disfrutaba su día soñado. Una volea la adelantó 6-4 en el tie-break. Y un saque, seguido por una definición rasante ante la devolución, le dio la victoria. Se iluminó como nunca su rostro. Se dirigió a su hermano Osvaldo y a Kirmayr, ubicados en el palco. Les dedicó a ellos la victoria “y a mis padres, que me estarán viendo por televisión”. Esa vez se habían invertido los roles y Graf tenía que contemplar como la copa de la victoria era para Sabatini. Tony Trabert, un ex campeón y luego capitán de la Davis, legendario, hizo las presentaciones y Linda Evans le entregó el cheque; la copa, por el protocolo, se la concedió David Markin, el presidente de la USTA (la asociación estadounidense).

“Adoro esta ciudad, siempre me fue bien aquí”, contó. La multitud la ovacionó, siempre había disfrutado con Gaby (y un día después disfrutaría con una final local en hombres, cuando Pete Sampras inició su rush hacia la cumbre abatiendo a André Agassi).