Región:
Argentina
Categoría:
Espectáculos
Article type:
Opinión

Los Infelices, la pesca terminó. Se despide la obra de Dario Bonheur

Región:
Argentina
Categoría:
Espectáculos
Article type:
Opinión
Autor/es:
Por Gustavo Chapur
Fecha de publicación:
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El poder destructivo de la infelicidad. Destacadas puesta y dramaturgia, con un sólido elenco, en Teatro La Comedia.

Schopenhauer dijo alguna vez: “La vida oscila como un péndulo entre el sufrimiento y el tedio”. Y la pieza de Dario Bonheur nos empuja a seguir ese sendero, matizado con pinceladas de un humor entre patético y bizarro. El autor y director había obtenido el Premio ACE al Mejor Espectáculo Alternativo de 2013 con la obra “Fragmentos de un pianista violento”.

Sabemos que el amor puede ser tan potente como su contracara cruel, el desamor, y por eso también es hermano íntimo de la infelicidad. Hay una simple razón para asociar el amor a la desdicha: a diferencia de la amistad, que es considerada una relación, y que por lo tanto supone reciprocidad, designamos con la palabra amor a un sentimiento, y ningún sentimiento presupone correspondencia. Mientras uno no puede afirmar que es amigo de quien no se siente amigo de uno, en cambio parece legítimo sostener que se ama a quien no corresponde a nuestro amor. Pero la obra de Darío Bonheur viene a complejizar aún más este tópico. La amistad y el amor pueden ser igualmente no correspondidos; el tedio le abre la puerta a la desdicha; la traición y la culpa, juegan con la muerte.

Si identificamos al amor con el deseo, la obra nos indica que sólo podemos desear aquello de lo que carecemos. Eugenio desea con desesperación doliente lo que sabe que no tiene, y cree haberlo tenido, y tiene miedo de quedarse solo. Y si desea lo que tiene es exclusivamente por miedo a perderlo. Por eso, la insatisfacción es un mandato fatal que signa la condición humana.

El protagonista, Eugenio, tiene la ilusión de recuperar lo maravilloso de una vida que nunca fue tal, más que en su deseo. Piensa y habla sobre las cosas que pudieron haber sido y no fueron, se aferra a lo que cree que puede llegar a ser, aun en el hundimiento cotidiano. Presiente lo peor, como el espectador, pero no deja de ser optimista, y se deja llevar por su destino calamitoso hasta que resuelve terminar con la pesca.

La historia arranca con dos hombres pescando. Eugenio (Martín Caminos), es el jefe que lleva la caña, mientras habla sin respiro de pequeñas cosas, y de su malograda vida conyugal con Vilma (Catherine Biquard). Su amigo Willy (Hernán Márquez) a su lado, escucha en un silencio que se vuelve insoportable. Habla con gestos, miradas, intenciones.

Ya han sido transitadas estas similitudes que presentan la vida y una jornada de pesca entre amigos. Y sobre todo, esos momentos de calma que anteceden a escenario de angustia y un desenlace de tragedia. Pero no por ello, el texto de Bonheur es previsible.

Cuando Eugenio va a pescar, por muy acompañado que esté de su amigo Willy, se nota que está sólo con sus miserias. Lanza el anzuelo a la espera de un resultado, mientras el tiempo fuga hacia la nada. Abatido y autoengañado en la desesperanza. Algo lo invita a volver a intentarlo. Se resiste a ver terminado su matrimonio con Vilma, lanza de nuevo el anzuelo con más fuerza, y con una alegría impostora.

Es muy acertada la dirección con una puesta no convencional, donde se destaca la funcionalidad del espacio escénico, creando imaginariamente las más diversas locaciones a partir de piezas cúbicas (rio, boliche, living, terraza, zapatería). La obra tiene momentos desopilantes, y otros de mucha angustia y tensión. Tiene absurdo y tragedia.

Martin Caminos compone de manera impecable su personaje que vira de un estado a otro, serpenteando una historia tan vertiginosa que provoca ansiedad y voracidad en el espectador. Su Eugenio se nos vuelve insoportable, vacilante, falso optimista, y temible. Su trabajo es realmente formidable, un lujo para apreciar.

La actriz Catherine Biquard nos devuelve una Vilma exasperante, a veces grotesca, confirmando que las elecciones amorosas fallidas abren el camino certero hacia la infelicidad. Como contracara del silencio cobarde y culposo de Willy, ella grita y sacude con desesperación su trágica perdida, su insatisfacción conyugal, y la endeblez de su vida. Pero se aferra a un plan de salvataje.

Por su parte, Hernán Marquez nos ofrece a un Willy que trasunta aparente indiferencia, que en realidad es tensión contenida, y pasos calculados. Un hombre que parece incapaz de tomar las riendas de su destino, tal vez porque el suyo este demasiado cruzado con el de Eugenio.

El contrapunto del dúo actoral masculino ostenta una calidad interpretativa pocas veces vista en teatro independiente. Y la escena final es memorable, con Eugenio cantando una canción que va pautando un final inevitable.

Una instancia apropiada para indagarnos sobre la felicidad, sobre cómo elegimos construirla, o antes que eso, si podemos elegir ser felices. Estos tres personajes no pueden elegir, están gobernados por impulsos, se anulan entre ellos y a su vez se autodestruyen.

La dramaturgia de Darío Bonheur es inteligente e intensa, con bastante violencia emocional, con intriga, y con un elenco sólido para exigentes actuaciones. En cada línea hay creación de sentido, nos hace deambular por un laberinto humano espejado, donde sin embargo todo está en su lugar y a su tiempo, nada falta ni sobra en esta brillante comedia dramática. Y con parlamentos que son verdaderas perlitas. Llegamos a verla justo a tiempo. El próximo sábado 25 de abril se despide, y sería una verdadera pena dejarla pasar. Sean felices, vayan al teatro.

Teatro La Comedia, Rodríguez Peña 1062, CABA, sábado 23.30 hs, entradas $130.-