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La vida en 7 milagros

La increíble historia de un sobreviviente que paso por un ghetto, tres campos de concentración y dos campos de exterminio. Se enfrentó en 6 ocasiones con la muerte, Jorge Israel Klainman aclara que: “El séptimo milagro es estar acá para contar todo”

El tema es más que conocido. Se lo ve en las películas, se lee en libros, se habla en los medios de comunicación, en las escuelas, en los templos y en seminarios. Pero cuando uno lo escucha en persona, cuando uno tiene enfrente a aquel individuo que estuvo cara a cara con la muerte, se hiela la sangre, se hace un nudo en la garganta y se acumulan las lágrimas en los ojos. A Jorge Israel Klainman no le tiemblan las manos, no se le quiebra la voz ni pierde la noción de la realidad. Su historia, la misma que cuenta durante dos horas, la explica con claridad diáfana y con un insaciable deseo por hacerla conocer. Con 87 años, eligió no olvidar, sino hacer recordar. Al igual que Primo Levi hizo cuando redactó “Si esto es un hombre”, Jorge escribió su increíble hazaña en un libro que ya fue traducido al hebreo, alemán, polaco, inglés, español y próximamente al italiano: “El séptimo milagro”. Allí narra su paso por un ghetto, tres campos de concentración y dos campos de exterminio. Después de contar los peligros que amenazaban su vida, las cosas que tuvo que hacer para sobrevivir y su enfrentamiento con la muerte en 6 ocasiones, Jorge aclara que: “El séptimo milagro es estar acá para contar todo”.

—¿Cómo era su familia antes del ghetto?

—Mi padre era un hombre muy pudiente. Era dueño del único matadero de la ciudad de Kielce que tenia 200 mil habitantes.

—Si su padre era una persona con mucho poder económico ¿Por qué terminaron en el ghetto?

—A mi padre le pusieron un palo en la rueda unos meses antes de que estallara la guerra y lo metieron preso. Mi madre para liberarlo tuvo que vender nuestra casa campestre, que estaba al lado del matadero. Vendió todo y contrato al mejor abogado para que lo saque de la cárcel. Cuando lo liberaron, el gobierno polaco le otorgo una indemnización millonaria por la falta de acusación. Pero nunca se pudo cobrar porque había iniciado la guerra. Mi hermano y yo vendíamos tarjetas postales a los alemanes para mantener a la familia hasta que nos metieron en el ghetto.

—¿Qué edad tenía usted cuando los trasladaron?

—Tenía 13 años y cuando me liberaron ,17.

—Cuando los enviaron a los ghettos. ¿Lo hacían con una promesa de trabajo?

—No. Los judíos entraban a los ghettos porque los alemanes provocaban los pogromos. Después empezaron a sacar proclamas de que iban a inaugurar un sector de la ciudad cercado, donde los judíos tenían que ir a vivir. Una vez que entraban al ghetto lo cerraban. Los que eran físicamente aptos para trabajar eran mandados a los campos y al resto los mataban de hambre.

—¿Cómo se organizaban dentro del ghetto?

—Los alemanes no tomaban a chicos menores de 18 años para el trabajo. Yo me pude unir a un grupo seleccionado para trabajar y como era alto para mi edad, logré entrar de forma clandestina. En un momento dado, alguien me denunció. Entonces me uní a otro grupo de trabajadores que salían del campo. De esa forma me salve. En el ghetto estuve 7 meses.

—¿ A qué campo de concentración fue primero?

—Prokocim. Estuve ahí unos 4 meses hasta que me denunciaron. Sobreviví a la hambruna hasta marzo del ´43, que fue cuando llegó la orden de liquidar a todos.

—¿Cómo logró escapar de esa orden?

—Los únicos que podían salir eran los 4 mil obreros y cada uno tenía un distintivo con su foto. El resto se tenía que concentrar en la plaza. Como sabía, por mis experiencias anteriores, lo que les esperaba, me metí en el grupo de obreros. Pero como no tenía distintivo, agarré un ovillo de ropa y me lo puse en donde tendría que tenerlo. Me iba acercando a la puerta de salida, y cuando me tocó el turno, me paralicé. Con el oficial nazi nos miramos a los ojos. Yo estaba esperando que me sacara de la fila. En cambio, gritó fuerte en alemán: “Lauf Schnel”, que significa corre rápido. Salí corriendo del ghetto y me uní al grupo de trabajadores clasificados. Pasaron 68 años, pero hasta el día de hoy no entiendo que pasó. De ahí nos fuimos a Plaszow.

—¿ Recuerda alguna experiencia en el campo de Plaszow?

—Me acuerdo de la peor. El comandante se llamaba Amon Goeth, un asesino psicópata. Su hobbie era salir a la terraza y con su fusil de mira telescópica cazar presos como se cazan patos. Dos veces por semana se levantaba de madrugada y salía a la plaza grande. Vestía su uniforme de gala y en la mano llevaba una pequeña fusta. Pasaba por las filas y tras contar 9, de un fustazo sacaba al décimo. Cuando juntaba 200 chicos los mandaba a un terreno cercado en el medio del campo y ahí los tenía todo el día. Al caer el sol, los llevaba a una montañita en cuya cima había un hoyo y ahí los mataba. En marzo de 1944, me tocó ser el décimo. Se paró frente a mí, pegó un fustazo y al grito: “Raus”, que significa: fuera, me sacó. Me junté con mis 199 compañeros y después de 10 horas de terrible agonía nos llevaron a la montaña. Lo último que recuerdo fue el ruido de los disparos y me desmayé. Desperté tirado en un catre, lleno de sangre. Al rato, se me acercó un hombre vestido con guardapolvo blanco que me dijo en polaco: “Soy el profesor Ullman, encargado de la enfermería, hace un rato te encontramos baleado. En la ejecución de hoy, la bala en vez de entrarte en la cabeza te entró en la pierna y los demás cuerpos te cubrieron. Cuando llegaron los presos se dieron cuenta que vivías y te salvaron. Acá hay un muchacho que está agonizando, se llama Gutman, vos tomarás su lugar, tu nombre fue tachado de la lista, así que, teóricamente ya no existís”.

—¿Cuánto tiempo estuvo en esa situación?

—El profesor Ullman, me mantuvo escondido por 3 meses, hasta principios de agosto del ´44. Entonces nos mandaron a Austria, a Mathaussen, donde nos enlistaron para trabajar. En Mathaussen había un pozo de 10 metros de profundidad de donde se sacaban rocas. Nuestro trabajo consistía en bajar al pozo y cargar las rocas sobre el hombre, subir unas estrechas escalinatas, cruzar el campo y apoyarlas en una fila tal como había abajo. El que pasaba la prueba de 30 días, lo mandaban a un campo satélite para un trabajo normal.

—¿Cómo logró pasar los 30 días?

—Al día siguiente de haber llegado, estaba parado frente a las rocas esperando a que me partan la cabeza de un culatazo. De repente, escucho a alguien que grita en alemán: “Mierda putzer, dónde te vengo a encontrar”, putzer significa limpiador. En Prokocim, mi trabajo consistía en limpiar el lugar donde dormían los guardias. Allí, conocí a un cabo de la SS, que a veces a escondidas me daba una manzana. No me preguntó nada, me llevó hasta una barranca donde 50 presos con maquinitas eléctricas cortaban el pelo a otros. Lo que tenia que hacer yo era juntar los pelos y llevarlos al depósito. Trabajé 30 días y después me mandaron a otro campo llamado Melk. Después, pasé a Ebensse y el 5 de mayo del ´45, me liberó el ejército norteamericano. Tenía entonces 17 años y pesaba 29 kilos. Después de pasar un mes en el hospital militar, viajé a Italia, donde había una mayor cantidad de sobrevivientes, con la esperanza de encontrar allí a mi familia. Recorrí todos los campos de refugiados durante dos años y no encontré a nadie.

—¿A dónde fue después de Italia?

—Decidí migrar a la Argentina, el único país donde me quedaba una pariente, mi tía que vivía en Buenos Aires desde 1923. El 28 de Agosto de 1947 pisé por primera vez suelo argentino.

—¿No le dio una sensación extraña sabiendo que dejaban entrar a ex comandantes nazis?

—Cuando llegué no sabia de eso. Lo único que quería era conocer a mi familia y después viajar a Israel. El presiente Perón, había prohibido la entrada de sobrevivientes judíos al país, así que entré de forma clandestina por Posadas. Después de un año, cuando salió una amnistía y me hice ciudadano argentino, supimos realmente que esta era una cueva de nazis. Los más perseguidos del mundo encontraron acá cobijo y ayuda.

—Su nombre original, Jorge Israel Klainman, no parece originario de Polonia. ¿Se lo cambió cuando llegó?

—¿Por Jorge?. No, tenía un primo llamado Jorge que dos días antes de mi llegada se había casado, y cuando mi tía me recibió en la estación, me dijo: “Mi hijo mayor se casó antes de ayer. La pieza de él es para vos, pero también te vas a llamar Jorge. Así vas a llenar ese vacío y además, éste es un país muy antisemita, te conviene llamarte Jorge y no Zrulek (“Israel”, en polaco). El Jorge me quedo pegado para siempre

—Hace un par de años, un importante representante de la iglesia católica desmitificó el Holocausto. ¿Cómo se siente sabiendo que hay gente que sigue sin creerlo?

—¿Uno sólo?, habían cientos de negadores. Eso me motivó para empezar a hablar. Durante 50 años mantuve un hermético silencio, a tal punto, que ni mis hijos, ni mi señora, sabían toda la verdad. Cuando empecé a escuchar a esos delincuentes, dije: “Si me callo, colaboro con ellos”. Entonces lo primero que hice fue escribir el libro, mandarlo a todo el mundo para que la gente sepa. Después, me dediqué a dar charlas y creo que cumplí, porque entre mis libros y charlas ya hay miles de personas que conocen la verdad.

—En cuanto a los documentos, fotos y videos que se tienen del holocausto. ¿Quiénes eran los que filmaban y con qué fin registraron todo?

—Hay muchísimos videos de los ghettos y los campos, en momentos de ejecuciones, filmados por los propios soldados alemanes. Por dos motivos: o son tan inhumanos, que pretendían llevárselo a casa como diversión o porque cumplían una orden y querían que esto se supiera. Eisenhower, el jefe de las fuerzas aliadas, fue el único que dijo cuando entró en los campos de exterminio: “Graben todo. Hasta el último detalle, porque si no, nadie va a creer que esto es verdad. Van a decir que son cosas inventadas”. Gracias a eso, existen documentales que sirven para mostrar la verdad, y tal es así, que los negadores del Holocausto ya tienen la boca tapada.

—Estas grabaciones, videos y testimonios que se presentaron en el juicio de Nuremberg. ¿Sabe dónde quedaron?

—Steven Spielberg, después que hizo la película “La lista de Schindler”, con las ganancias, construyó en Los Ángeles, un bunker a prueba de armas atómicas. Allí, hay depositados videos de los sobrevivientes: 6500 videos. De esos, 3 son filmaciones en mi casa. Yo me comuniqué personalmente con él cuando mi libro se tradujo al inglés, y le dije a mi representante de Nueva Jersey que le mande un libro dedicado por mí. Se lo mandé y recibí una carta, que conservo hasta el día de hoy. Me dice: “George, ¿Dónde estabas hace dos años?. Si me hubieras mandado tu historia, yo filmaba tu película y no “La lista de Schindler”.

—Cuando regrese a Israel. ¿Qué tiene pensado hacer? ¿Va a descansar? ¿Va a seguir dando charlas?

—En Israel daba charlas en todos los colegios que me llamaban, participo activamente de “Iom a Shoa”- día del holocausto- y también trato de fomentar la venta de libros. Tengo muchos en hebreo que todavía están en el depósito de mi representante de Israel, un poco abandonados, porque yo estoy acá y nadie se ocupa. Así que, todavía tengo mucho trabajo para hacer.