Región:
Asia
Categoría:
Sociedad
Article type:
Opinión

Hong Kong: tan cerca de China y tan lejos del resto del mundo

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Asia
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Opinión
Autor/es:
Por Luis Garrido-Julve
Fecha de publicación:
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De aquello del respeto mutuo y de los dos sistemas de gobernar poco queda. China quiere controlar a Hong Kong, que muchas veces es molesta como un grano. Los hongkoneses, en cambio, son más tozudos ante estas imposiciones

Aterricé por primera vez en Hong Kong en verano de 2008. El verano de la isla, cuando las temperaturas son más dolorosas que incluso en el Sudeste Asiático. Yo celebraba mi primer viaje por el lejano Oriente y en la ex colonia británica superaban una década fuera del control inglés.

En aquel primer contacto con Hong Kong, lugar que me fascinaba desde niño, el descontento hacia China era menor. Mientras el gobierno del continente prohibía, censuraba y callaba a sus detractores en sus fronteras, la isla celebraba elecciones legales y la policía de la ex colonia era denominada como “la mejor de toda Asia”. Lo firmado en 1997 entre ambas partes, que permitía a Hong Kong formar parte de China pero con un Gobierno y una legislación propia, libertad de expresión y moneda propia, se respetaba. A efectos propios, eran dos países diferentes.

Nada que ver con lo que me encontré en la primavera del pasado año. Tras montar en el avión que me llevó de Bangkok a la isla tome el principal diario hongkonés y vi que la mitad de las noticias hablaban de los problemas entre ambas partes. El reportaje central, de forma casi increíble, lo protagonizaba la meada de un niño.

En uno de los restaurantes más lujosos –y caros- de Hong Kong, una familia de nuevos ricos chinos protagonizó una escena que sirvió de chispa para que los autóctonos del lugar se levantasen en contra de los recién llegados. El hijo menor de la familia del continente necesitaba ir al baño, pero a su madre no le apetecía acompañarlo. Así que ni corta ni perezosa, la mujer cogió una botella vacía de agua, bajó los pantalones a su retoño y le hizo mear en la botella. Delante de todo el mundo.

Mientras el niño meaba, en la mesa de al lado un joven estalló, ya que había gastado una fortuna en aquella cena y estaba declarándose a su entonces novia. La familia china gritó contrariada –gritan mucho en China- y tan pomposo escenario dejó al descubierto las vergüenzas de dos culturas que no se entienden, pese a estar llamadas a hacerlo.

Aquello hubiese quedado como un hecho aislado si no fuese porque situaciones similares se ven a diario en la isla. Durante los diez días que pasé en Hong Kong no dejaban de hablar del incidente, y los ciudadanos locales pedían control hacia los visitantes chinos. Estos, por su lado, defendían sus derechos. Y dejaban claro que ahora tienen más dinero. El conflicto estaba servido.

Dos culturas que no se entienden

Hong Kong era sin duda uno de los lugares más prósperos de Asia. Para muchos, era la mezcla perfecta. La cultura milenaria china se fundía con los valores occidentales que llevaron los ingleses, lo que posibilitó el crecimiento espectacular del que fue el primer puerto de Asia durante mucho tiempo.

No sólo eso. Eran un ejemplo de democracia y de policía justa. A nivel cultural despuntaban y su industria cinematográfica le plantaba cara a Estados Unidos. Los salarios crecían al calor de un fuerte sistema bancario y China quedaba muy lejos. Hasta que el gigante empezó a tener dinero.

El poder adquisitivo ganado por los ciudadanos chinos empequeñeció a Hong Kong, tan cerca de ellos y tan lejos del resto del mundo. Cuando los hongkoneses firmaron su adhesión a China, apoyada en el pacto de “una nación, dos sistemas”, nunca pudieron imaginar que en tres quinquenios estarían quejándose de una invasión nada silenciosa.

La mayoría de turistas que pasan por Hong Kong son chinos. Claro, les queda al lado y pueden practicar su deporte favorito: la exhibición. Llegan con sus nuevas fortunas dispuestos a gastar dinero en las tiendas libres de impuestos de la ex colonia, comer en los mejores restaurantes y pavonearse ante los locales, que han pasado a un segundo plano. Lo de comportarse en público es algo que no va con ellos.

Porque ahora en Hong Kong es normal ver letreros en inglés, cantonés y mandarín recordando a los turistas que llegan del continente que no se puede escupir en la calle ni en sitios públicos. Que gritar en el metro o en la calle no es de recibo, igual que lo de eructar en la mesa de ningún restaurante. Lo de mear en lugares públicos ya es el colmo para ellos, ya que algunas veces los niños han meado en el metro. Hay que recordar que en el centro de Beijing los niños no llevan pañales: un agujero en sus pantalones basta para que se acuclillen y hagan sus necesidades en público.

Mientras los hongkoneses llevan años viendo cómo esto se multiplica en sus calles, ven cómo pierden todo en manos del vecino y hermano nacional. Con el auge de los puertos de Shanghai o Guangzhou –además del poderío del lejano Singapur-, Hong Kong ha perdido su posición portuaria dominante.

Los bancos cada vez son menos potentes, ya que mientras no se dobleguen al uso del Yuan chino y mantengan el dólar de Hong Kong no tienen mucho margen de maniobra. Su cine, además, se ha visto eclipsado por el del continente, que tiene a miles de millones de espectadores en mandarín. El testigo como mejores artistas del celuloide en Asia se lo han tenido que entregar a Corea del Sur.

¿Y qué hay de su policía? Pues el que era el mejor cuerpo de Asia ha sido cuestionada por primera vez al aplicar métodos de represión más propios del continente que de la ex colonia.

La isla Central en Hong Kong ha sucumbido a China, en opinión de muchos. Cualquiera diría que la economía va viento en popa al ver que cada fin de semana hay colas delante de la tienda de Chanel para gastar miles de dólares en bolsos. Lo que no se ve es que en esas colas se habla mandarín y no cantonés.

¿Quién protesta en Hong Kong?

Este contexto es totalmente necesario para entender por qué las calles de Central en Hong Kong se han llenado de manifestantes. Se veía venir el conflicto. No sólo eran los niños meones o los cada vez más numerosos carteles en mandarín en lugares públicos. Es la necesidad del gobierno de China de controlar a una región que considera suya.

De aquello del respeto mutuo y de los dos sistemas de gobernar poco queda. China quiere controlar a Hong Kong, que muchas veces es molesta como un grano en el culo, pero sin más importancia que esa. Los hongkoneses, en cambio, son más tozudos ante estas imposiciones.

¿Qué ha hecho estallar el conflicto que se vive estos días en Hong Kong? La intención de China en poner a dedo a los futuros candidatos a las elecciones en la isla. Lo que supondría un control ya total de la ex colonia. Tan férreo o más como el de los ingleses.

Hong Kong sufrió mucho para poder librarse de los gobernadores ingleses. Siempre han estado muy orgullosos de su democracia y es normal que ahora estallen. China lo sabe. Y el gobierno del continente recuerda cómo cada año en la isla celebran el aniversario de la matanza de Tiananmen. Precisamente, este año fue más multitudinaria que nunca. Y sin duda quieren aplacar estos movimientos, librarse de ese grano molesto y controlar aquello que consideran suyo.

No obstante, los problemas de Hong Kong no pasan exclusivamente por China. Su rápido crecimiento en décadas pasadas y su abrazo al más feroz capitalismo ha dejado a muchas de sus gentes fuera de la sociedad. Mientras Chanel y Louis Vuitton mantienen colas en sus tiendas durante el fin de semana, el sobrenatural precio de la vivienda deja a muchos ciudadanos sin techo. La isla es el único lugar del mundo donde hay gente que paga por poder dormir en una jaula.

Y en mitad de todo ello, casos como el de la hija del gobernador de Hong Kong, Chai-yan, que se jacta de comprar joyas con dinero público en las redes sociales. Y se burla de los protestantes al decir que “probablemente la mayoría son desempleados; que no se preocupen, sus madres aún los quieren”, mientras muestra sus nuevos zapatos y bolsos, manifestando que “sí, ha sido comprado con vuestros impuestos”. Ella dice querer ser “la Paris Hilton de Hong Kong”. El problema es que la diva estadounidense se gasta el dinero de la empresa de su padre, mientras la joven hongkonesa de 23 años quema el dinero de los contribuyentes.

Duro panorama le espera a Hong Kong. De momento, parecen haber copiado sus jóvenes el movimiento tailandés de ocupar el centro de la ciudad. Si bien en aquel caso los siameses pedían quitar al Gobierno sin pasar por elecciones y al final todo acabó en golpe de Estado y gobierno militar. Esperemos los tanques no lleguen a Hong Kong, sino ya sabemos quiénes tendrían las de perder.