Región:
Asia
Categoría:
Sociedad
Article type:
Opinión

Vietnam: Los niños de la paz

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Asia
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Opinión
Autor/es:
Por Luis Garrido-Julve
Fecha de publicación:
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Esos jóvenes con los que estuve en Saigón no sufren pesadillas con el agente naranja ni odian a los norteamericanos. Sus padres y abuelos ganaron esa guerra, y ahora ellos tienen otra tarea. La de que su país sea próspero

Si hay algo que realmente me fascina de cualquier país son sin duda sus calles. Olvidarme de los taxis y del transporte público y tomar cualquier dirección aleatoria. Descubrir el lugar a través de lo que ocurre a pie de calle y no lo que los guías de viajes desean que veas. Y mientras otras partes del mundo pueden ser peligrosas para un tipo de ojos redondos en un callejón oscuro, no lo es en el Sudeste Asiático.

Lo digo porque yo nunca he confiado mucho en los guías de viaje y en lo que ellos cuentan. Al fin y al cabo, tienen preparado un discurso ensayado para darle al turista lo que espera recibir. Sin salirse del guión.

Un lugar donde eso es notable es Vietnam. El nombre le pesa al país de la antigua Indochina francesa. Los estadounidenses se han encargado de que siempre que pensemos en Vietnam nos acordemos de la guerra. Esa guerra que ellos perdieron contra todo pronóstico.

Así se entiende que tantos turistas planifiquen su estancia en Vietnam del Sur –el lado que perdió la guerra– pensando en películas como Platoon o Apocalypse Now. La oferta que tienen es amplia. Un museo con restos del ejército norteamericano, el palacio de la reunificación, los túneles del pueblo guerrero de Cu Chi entre otras atracciones. Sin duda, en las oficinas turísticas la guerra está más viva que nunca.

Sin embargo, nada de ello tiene que ver con el Vietnam actual. El país cuya capital se encuentra ahora en Hanoi se abrió hace dos décadas al mundo y ahora es uno de los estados que más crecen en el mundo. Los rascacielos en Ho Chi Minh, la antigua Saigón, y unas infraestructuras de las mejores del Sudeste Asiático dan fe de que la guerra quedó atrás hace muchos años.

En mi última estancia en Saigón –como les gusta a los locales llamar al centro de su ciudad– tuve la oportunidad de juntarme con un grupo de estudiantes universitarios. De muchachos entre los 18 y los 23 años que estudian en el sur de Vietnam. Si he de elegir quien mejor me instruye sobre una sociedad en concreto, siempre elijo a los estudiantes.

Porque estudiantes como ellos fueron capaces de derrocar feroces dictaduras como la de Indonesia. O porque a base de sufrir en sus carnes abusos de poder han podido cambiar el devenir de los acontecimientos, como los universitarios de Birmania, que junto a sus monjes pusieron una oposición frontal contra las armas de los militares. Tenían palabras y buenas intenciones, y ganaron.

En Ho Chi Minh me alegré de que pude compartir mi tiempo con los niños de la paz. Porque los estudiantes que rondan la veintena en Vietnam no han vivido la guerra y les queda muy lejos. Hollywood sigue empecinada en recordar al mundo que lo más importante que ha ocurrido en Vietnam es esa guerra que perdieron. Pero en el bando de los ganadores, lo que queda es historia.

Esos jóvenes con los que estuve en Saigón no sufren pesadillas con el agente naranja ni odian a los norteamericanos. Sus padres y abuelos ganaron esa guerra, y ahora ellos tienen otra tarea. La de que su país sea próspero.

Como jóvenes curiosos de hoy en día, están interesados por lo que ocurre en Europa y en América. También por cómo viven sus vecinos del Sudeste Asiático. Algunos quieren ser ingenieros y construir mejores puentes para su país. Otros médicos para mejorar la sanidad. Pero todos tienen la sonrisa de los niños que han vivido en paz. Es posible que en su país la democracia sea escasa. Pero están en ello. Y tarde o temprano lograrán esos cambios que al país no le queda otro remedio que vivir.