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Argentina
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Opinión

Crítica teatral: Orlando despierta

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Argentina
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Espectáculos
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Opinión
Autor/es:
Por Gustavo Chapur
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En ORLANDO, la atormentada novelista británica intenta mostrar que no hay diferencias entre hombres y mujeres, y que si las hay, son adquiridas. Es una sátira del género biográfico,en la que un joven aristócrata, con aspiraciones literarias, se transforma

Una obra basada en la novela que Virginia Woolf escribió en 1928 y en la que incluyó temas considerados tabú en su época, como la sexualidad femenina, con una visión crítica del rol asignado a la mujer en una sociedad machista y conservadora. Después de Borracho, un after musical, Leo Bosio, vuelve a ser responsable de la idea, libro y dirección de un producto musical original y digno de ser apreciado. Aporta una mirada innovadora que reactualiza reflexiones sobre prejuicios que parecían superados, a partir del juego poético de aquellos personajes literarios. Y con el mérito de haber llevado por primera vez el texto de Woolf al teatro musical.

"Nosotros creemos que usamos trajes, pero los trajes nos usan a nosotros", es una de las frases de Woolf que envuelven la palermitana Sala Siranush, bien aprovechada por BOSIO para desplegar aquel universo literario como una gran intervención teatral, con buen ritmo, con una estética ecléctica que ensambla desfile de modas con biografía escenificada. Por eso el vestuario tiene un peso específico en la obra, de la mano de Walter JARA.

La obra, como en el libro, hace constantes alusiones a las características particulares de un período específico. La idea de Woolf era ridiculizar la tendencia de los historiadores de su época por hacer claras separaciones de un período a otro. La creación de esas líneas divisorias temporales resultan artificiales, pues los cambios son procesos, se dan de una manera paulatina. BOSIO lo refleja bien, incluyendo además una época contemporánea que seguramente Woolf hubiera contemplado.

"Por diversos que sean los sexos, se confunden. No hay ser humano que no oscile de un sexo a otro, y a menudo sólo los trajes siguen siendo varones o mujeres, mientras que el sexo oculto es lo contrario del que está a la vista", dice sabiamente Woolf en este diario de amor, teñido de ambigüedad, erotismo y denuncia.

La novela y la autora.

En ORLANDO, la atormentada novelista británica intenta mostrar que no hay diferencias entre hombres y mujeres, y que si las hay, son adquiridas. Es una sátira del género biográfico, en la que un joven aristócrata, con aspiraciones literarias, se transforma en mujer. El mensaje es que los roles sexuales que la sociedad impone son artificiales, y hasta ridículos. Orlando no dejó de ser la misma persona al convertirse en mujer, pero tuvo que soportar todo el peso que significaba pertenecer al supuesto sexo débil.

La vida de este personaje andrógino, posiblemente el primer transexual de la historia de la literatura, es insólitamente longeva: nace en 1588, en época isabelina, y muere en el período de entreguerras, en 1928, que coincide con la publicación de la novela de Woolf. A pesar de vivir más de trescientos años, Orlando solo envejece en apariencia hasta los 36.

Woolf concibió la novela como una biografía con la intención de parodiar el género al que se dedicaba su padre. El biógrafo es un narrador omnisciente que aprovecha la longevidad de su protagonista para mostrarnos la sociedad inglesa a través de la historia. Orlando conoce a la reina Isabel I, pero cae en desgracia y se aleja de la corte. Al regresar, gobierna Jaime I. Durante lo que se conoció en Inglaterra como “La gran helada” (el duro invierno de 1683/84), Orlando se enamora de una princesa rusa, que lo abandona cuando el barco en el que había llegado deja de estar atrapado en las aguas congeladas del Támesis. La novela es una suerte de carta de amor de Woolf a su gran amiga Vita, a la que dedica la obra. Así lo indica la aventura apasionada con Sasha en la novela.

Woolf pretendía consolarla por ser mujer, razón por la que había perdido el palacio de su familia (en aquella época, en Inglaterra, las mujeres no podían heredar patrimonios). Los puntos en común entre el argumento de la novela y la vida de Vita, amante de la autora durante un lustro, fue detallado por muchos estudiosos de su obra: la gran mansión, el romance con Sasha, el viaje a Constantinopla, el pasaje de los gitanos, el largo poema narrativo. Desconsolado tras la pérdida de su gran amor, el joven Orlando se encierra en su mansión. Cuando sale de ella, después de haberla renovado por completo, reina Carlos II. El aristócrata viaja a Turquía como embajador, huyendo de las pretensiones de matrimonio de la archiduquesa Harriet Griselda.

El estilo de la autora es evocador, en ocasiones más cercano a la poesía que a la prosa. El momento cumbre es cuando Orlando cambia de sexo. La obra, por su argumento, podría considerarse fantástica (su protagonista se transforma por arte de magia, sin mediar ninguna operación médica que lo explique, y vive una vida anormalmente larga sin envejecer). Sin embargo, la gran carga simbólica transforma estas rupturas de la realidad en alegorías, que nos hacen percibirlas no como hechos literales sino como alegatos poéticos sobre la vida, la muerte, la identidad, el género y la literatura. Porque el arte que tanto amó Woolf en vida está íntimamente unido a su personaje y a la historia que lo envuelve.

Aquí se prepara al espectador sobre lo que va a ocurrir: la Verdad, la Franqueza, la Honradez, como austeras diosas guardianas, con una personificación de esas ideas. Luego nos lleva a la habitación de Orlando, que duerme ajeno a lo que ocurre. Entran entonces la Pureza, la Castidad y la Modestia (las que se suponían en la época como las mayores virtudes de una dama), pero las trompetas retumban cada vez que una de ellas habla: las exhortan a marcharse. El sonido se convierte en el heraldo que anuncia la resurrección, el cambio, que proclama el despertar de la nueva naturaleza de Orlando. Y el cambio se ha producido, pero no ha transformado la auténtica esencia de Orlando.

Ser hombre es equivalente a ser mujer, no hay diferencias. Y de haberlas, son incómodas incomprensiones de la sociedad. Nadie se extraña de su renacer femenino, nadie duda de que sea la misma persona, y esa aceptación permite percibir el cambio no como una fantasía, sino como la tesis de la autora de que las diferencias entre los dos sexos no afectan a la psique ni al alma de la persona. Uno puede ser hombre y mujer, y esto no lo cambia realmente. La transformación de Orlando nos habla de la inmutabilidad del alma.

A partir de este momento, las aventuras de Orlando se relatan en femenino: se escapa con una tribu de gitanos a Anatolia. Pasado un tiempo, la añoranza lo fuerza a embarcarse hacia Inglaterra. A su regreso, se encuentra con que lo han declarado fallecido y que, al ser ahora mujer, no tiene derecho a poseer en propiedad su propio palacio. El tiempo pasa y cruza el periodo victoriano, época en la que conoce a Shelmerdine, un aventurero con el que se acabará casando (y por lo tanto, podrá resguardar su herencia). El libro termina con el primer tercio del siglo XX, que traerá a la vida de Orlando un hijo carnal, con uno de los pasajes más desconcertantes de la novela, y el remate del poema que demoró tres siglos en concluir: «La encina», una alusión al poema «La tierra», de Vita SackVille-West. Esta obra de Woolf marca una ruptura por lo que significó para el feminismo.

Leo Bosio, un artista que no para de crecer.

El público juvenil es el entusiasta núcleo consumidor de la propuesta de Bosio. Bosio es osado y pensante, sabe bien lo que hace, entiende los códigos de la producción y consumo del teatro musical, con todo lo virtuoso y cuestionable que el género nos ha deparado en los últimos años. Bosio es un joven rosarino que fue alumno de Franco Zeffirelli gracias a una beca en Italia. Pasó por el cine, la TV, la publicidad, y más de 20 obras teatrales, entre ellas se destacó su personaje en Por amor a Sandro. Transitó por el off y la calle Corrientes con Florencia Peña. Si bien nunca estudió clown, sobrevuela siempre en su desenvoltura, en sus genes interpretativos, algo de ternura circense, de criatura absurda, de desenfado. “Actuar es poder ser todo. Es libertad. Es no cerrarse. Es crecer. Transformarse”, reflexiona. Y justamente, transformar es el verbo clave en esta obra. Las relaciones y el tiempo son un tema central de su producción dramatúrgica, y aquí queda expuesto, con eficacia, una vez más.

En contra.

El desempeño actoral de Pablo Martínez es exiguo. Recita, no conmueve, “hace de”, cuesta creerle a su Orlando. Escasea concentración y compromiso. El protagonista masculino es una figura teenager emergida de la usina Cris Morena. Claro que la función de prensa no es la ideal para evaluar rigurosamente todo, pero el actor tuvo varios errores u omisiones en sus parlamentos que no supo disimular, ni su dicción es buena, balbuceando frases con finales caídos, sin matices ni colores. Queda en evidencia que un escenario no es lo mismo que un set de tv, que un primer plano expresivo en una tira, mil veces editado, edulcora lo que en las tablas solo se logra con años de oficio, o con talento innato, y ambos huelgan. En Orlando se ridiculizan las técnicas de los biógrafos históricos, el personaje de un pomposo biógrafo se asume como una burla, y eso no se advierte demasiado aquí.

Por qué ver la obra.

Sabrina MACCHI es una actriz talentosa, con su pálido y etéreo rostro tan expresivo, trasunta emoción, turbación, perplejidad de una manera visceral en su composición, sin necesidad de sobreactuar. Se la nota comprometida y delicada. Primero es narradora, luego se agiganta y vigoriza al asumir el protagónico. Encandila el proscenio en su desdoblamiento actoral, cambia su energía por la de una chica sensualmente vulnerable, y cumple al mismo tiempo con la solemnidad que la pieza exige. Ya habíamos advertido de su consistencia en “Eso que se mueve tan despacio que parece quieto”, pequeña y tierna obra de Matías Dinardo.

Por su parte, Agustina Seku FAILLACE y Josefina SCAGLIONE, jerarquizan el espectáculo con sus sólidas experiencias. Por algo son de las jóvenes actrices (y coreógrafa en el caso de Seku) más requeridas del teatro musical. Tienen una vibración especial, y Scaglione ostenta gran calidad vocal como cantante.

Orlando, despierta! es un musical bien armado, bien contado, con figuras jóvenes que, si bien están en camino de consolidarse en las tablas, lucen lo mejor que pueden y se entregan al juego con pasión. La trama sostiene una pulsación emocional bastante compleja para una puesta teatral, a veces críptica pero con un mensaje vital que, un siglo después de haber sido gritado por Woolf, merece ser insistido. Y con música, todo suena mejor.

La obra adquiere un marcado vuelo poético a partir de la templanza profesional de Leo BOSIO y Jano PICCARDO. Para los que no están familiarizados con Woolf, es un acertado anzuelo para motivarlos a su lectura. Para los que han sucumbido ante sus textos, es una oportunidad para revisitar esos sueños. Para distinguir lo esencial de nuestro ser, de los artificios culturales que distorsionan nuestras emociones y juicios, que terminan asignando roles, determinando conductas, fijando destinos. Para reflexionar a la luz del 2014, lo que hemos padecido y conquistado, lo que aún se ensombrece y se teme. Para asumir que, en cualquier tiempo y espacio, lo único que nos salva de todo abismo, es la libertad para amar, sin categorías ni etiquetas. Que el ser humano por naturaleza vive mutando. Porque, aunque aún no lo sepamos por yacer cómodamente dormidos, todos somos Orlando.-

Nuestra calificación: 7 puntos. Recomendable.

Ficha Técnica:

Sala Siranush (Armenia 1353, Capital Federal) 4775 – 2877 - Lunes 21 hs.

Idea, dramaturgia y dirección general: LEO BOSIO

Elenco: Pablo Martinez, Sabrina Macchi, Josefina Scaglione, Agustina Seku Faillace, Guillermina Caro, Romina Casella, Federico Coates, Jano Piccardo, Nicolás Russell y Leo Bosio.

Música original: Jano Piccardo / Coreografías: Mariano Botindari / Vestuario: Walter Jara / Escenografía: Tatu Ravotti y Didac Estudio / Luces: José Luis Calvo / Sonido: Akio Takata / Diseño de imagen: Maxi Aznarez - Maxxmedia Producciones / Video: Pablo Rodino / Títeres: La Borgo Macchine / Asistente de producción: Lucas Bojanich / Stage managers: Giuliana Panvini y Eric Baez / Producción Ejecutiva: Roni Isola y Ramiro Mendez Roy para SIETE COLORES PRODUCCIONES / Producción General: Mariano Grisolia / Asistencia de dirección: Yanina Groppo.