Región:
Asia
Categoría:
Sociedad
Article type:
Opinión

Una vida en el Sudeste Asiático

Región:
Asia
Categoría:
Sociedad
Article type:
Opinión
Autor/es:
Por Luis Garrido-Julve
Fecha de publicación:
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En esta parte del mundo pasan cosas que sólo puedes vivir si estás aquí

Si pienso en el motivo que me ató al Sudeste Asiático siempre me vienen dos imágenes a la cabeza: la estantería de la casa de mis padres y la televisión de un autobús camboyano emitiendo karaoke en jemer. Dos situaciones que nada tienen que ver la una con la otra pero que fueron vitales para que hoy pueda decir que estoy en casa cuando llego a Asia.

La estantería la recuerdo porque cuando era un mocoso que jugaba a la peonza yo no era lo suficientemente alto como para alcanzar la enciclopedia de mi padre. Tenía que subirme a una silla para coger siempre mi volumen favorito entre tanto tomazo.

Aquella enciclopedia de cuando las enciclopedias ocupaban un espacio notable en las casas era la única forma posible de acercarme al que era mi sueño de niño. Mientras miraba el mapa de Asia me imaginaba a mí mismo recorriendo aquellos países gigantescos, descubriendo nuevos lugares y visitando aquel número incontable de islas que tan lejos quedaban de casa.

Era mi sueño. Y sobre todo lo era porque estaba muy lejos de poder realizarse. Mis padres y yo vivíamos en una casa muy humilde del extrarradio de Barcelona, en aquella España que llevaba una década escasa en democracia. El único viaje que podíamos hacer era al interior del país en el Renault 4 –el cuatro latas­– que mi padre conducía. Y sin embargo, mientras en aquel trayecto me mareaba y mi madre tenía que darme bolsas para vomitar, yo seguía prometiéndome que algún día tenía que ir a ese continente asiático de los mapas. Aunque tuviese que llevarme un cargamento de bolsas de plástico.

Entre los días de la enciclopedia en la estantería y mi descubrimiento del karaoke camboyano transcurrieron casi 25 años. Para entonces ya había recorrido buena parte del país del nuevo mundo durante las vacaciones que me daba el periódico en el que escribía en Barcelona. Pero en la cabeza me rondaba lo de dejarlo todo y mudarme a Asia.

Así que, un mes tras regresar de Japón, volé a China y de allí al Sudeste Asiático. A los pocos días, estaba viajando de la capital camboyana a Battambang por una carretera que a veces se convertía en camino de cabras. En el autobús que me llevaba no había aire acondicionado, las maletas cada viajero las llevaba en su asiento y el olor no era el mejor. Pero a nadie le importaba. Porque lo que sí tenía aquel autobús era una pantalla de vídeo y un buen equipo de audio.

Al poco rato de arrancar el viaje empezó a sonar una música a todo trapo. Era un videoclip de música local que podías leer –en camboyano, claro– a través de la pantalla que había al lado de la cabina del autobús, en un videoclip de calidad cuestionable. Me di cuenta que la mayoría de los integrantes de aquel autobús, en el que el único individuo de ojos redondos era yo, empezaron a cantar. El tipo que se sentaba a mi lado sonreía y seguía el ritmo de la música mientras tarareaba la melodía. Aplaudía a veces.

La música de aquel karaoke de carretera no paró en todo el viaje. Ni siquiera cuando el autobús paró en mitad de la nada y subieron dos mujeres ofreciendo snacks. Me fijé en qué tentempiés vendían. Arañas fritas y escorpiones a la brasa. Y cuando el autobús siguió su marcha, con el karaoke y viendo cómo mis compañeros de viaje arrancaban patas de araña para lamerlas después, entre canciones, supe que el lugar donde iba a instalarme no sería China, como había imaginado. Me mudaría al Sudeste Asiático. En esta parte del mundo pasan cosas que sólo puedes vivir si estás aquí.

Seis meses más tarde, en enero de 2011, me acomodaba en un apartamento de Bangkok. Abandonaba mi piso en el centro de Barcelona que tanto me había costado conseguir y un buen trabajo en uno de los más grandes periódicos en España. También a mi familia y a mis amigos de toda la vida. Pero merecía la pena. A un lado del edificio de apartamentos donde empecé mi aventura en el Sudeste Asiático tenía uno de los centros comerciales más lujosos del país. Al otro, el mayor suburbio de la capital tailandesa. Esa mezcla desordenada que se vive en orden en esta parte del mundo compensaba todo el cambio.

Más de tres años después, no me arrepiento. Este es el lugar en el que quiero estar. Y estoy seguro que aquel niño que se subía a una silla para coger la enciclopedia de su padre y mirar el mapa de Asia estaría orgulloso de ello.

Luis Garrido-Julve es autor del blog: http://www.bangkokbizarro.com/